LA GUERRA

Desde el 26 de marzo de 2015, Yemen, el país más pobre de Oriente Próximo, vive una guerra silenciada por el mundo, una guerra que más sería una invasión, donde los ataques indiscriminados, los bombardeos continuos, los drones, las bombas de racimo prohibidas internacionalmente, el “todo vale”, está siendo la norma y el día a día para los millones de civiles atrapados bajo el fuego que no discrimina entre fábricas, escuelas, hospitales, bodas, campos de refugiados…

Esta guerra tiene sus raíces en el levantamiento popular de 2011, aunque podríamos remontarnos a mucho antes, puesto que Yemen no ha logrado encontrar estabilidad y paz desde la unificación entre Yemen del Norte y Yemen del sur en los años 90. Y antes tampoco…

Pero la rebelión del 2011 sirve perfectamente como antecedente para intentar explicar las bases del conflicto actual. En ese momento, la estructura político-tribal, militar y política de Yemen estaba dividida en dos grandes fuerzas: El Congreso General del Pueblo (al-Motamar, la facción política del presidente Saleh) y al-Islah, que actuaba como paraguas para varios grupos islamistas: Incluyendo la Hermandad Musulmana y líderes tribales próximos a los clérigos wahabíes de Arabia Saudí. Al-Islah se había convertido en una extensión del poder de Arabia Saudí en Yemen, y así había llegado un momento en el que el país estaba gobernado tanto por Al-Ahmar como por Saleh.

El levantamiento popular del 2011 durante las llamadas “primaveras árabes” es la respuesta del pueblo yemení ante esta situación, ante los cada vez mayores intentos de poner a Yemen bajo el poder de Riad y el wahabismo más extremo. El levantamiento obliga al presidente del país, Ali Abdullah Saleh, que dominaba la vida política del país desde la unificación de Yemen en 1990, a abandonar el poder. Tras negarse a ello inicialmente, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) logra que acepte la dimisión, y transfiere sus poderes a su vicepresidente Al Hadi, pro-estadounidense y pro-saudí, con quién se inician los años de una fallida transición y de negociaciones y promesas que nunca se cumplen. Son años de corrupción, miseria, pobreza y represión.

Saleh debía ser la persona que liderara la transición de Yemen a las manos de Arabia Saudí, y de ahí el apoyo y protección que este país le había brindado hasta ese momento, pero algo había cambiado, Saleh había designado un sucesor, su hijo el general Ahmed Ali Abdullah Saleh, una figura muy querida para millones de yemenies, un hombre moderno y educado que ambiciona situar a su país fuera del control del wahabismo y de las luchas tribales. Arabia Saudí no puede permitir ésto… ellos quieren perpetuar el tribalismo y que el wahabismo se convierta en religión de estado en Yemen. El ascenso del general a la presidencia haría imposible todo lo anterior, así que Saleh se ha convertido en alguien no grato para Arabia Saudí, por lo que pronto es traicionado por Riad que apoya sin fisuras al Al-islah (Hermandad Musulmana).

Ante toda esta situación las protestas se extienden por todo el país rápidamente y los jóvenes manifestantes pronto se unen a los partidos de oposición establecidos, así como los separatistas del sur de Yemen y el movimiento Houthi, un movimiento chiita zaydi renovador que surge en el año 2000 que trata de paliar la marginación de la minoría zaydi de Yemen y luchar contra la imposición del wahabismo por parte de Arabia Saudí. Su oposición al régimen de Saleh había derivado en violentos conflictos en seis ocasiones entre 2004 y 2010.

Durante el período de transición, este movimiento se hace cada vez más fuerte en la provincia de Saada, al norte de Yemen y así los houthis empiezan a extender su control hacia el sur con el apoyo activo de Saleh, el que había sido su acérrimo enemigo pero que se alía con ellos para sacar a Arabia Saudí de Yemen porque siente que también ha perdido todo su poder con el nuevo gobierno. Los huthies van ganando apoyos según empeora la situación política y económica en el país.

En enero de 2014 el gobierno de Al Hadi anuncia un plan para reducir los subsidios del gobierno sobre el precio del combustible que aumenta su precio hasta un 90% , y la indignación popular se generaliza. Podríamos decir que esta es la chispa que enciende definitivamente la llama del actual conflicto.

Los houthis aprovechan este momento para entrar en la capital del país, Sana’a, y logran un acuerdo con los principales partidos políticos para establecer un conjunto de medidas que podrían haber iniciado de nuevo el proceso de transición: la formación de un nuevo gobierno de unidad, la retirada de los combatientes houthi de territorios que habían tomado, y una revisión de la estructura estatal de Yemen.

Pero ni el gobierno de Al Hadi ni los houthis cumplen con sus compromisos. Por el contrario, los houthis establecen un gobierno en la sombra y cuando Hadi trata de imponer un esquema de federalismo al que ellos se oponen y que claramente viola los acuerdos anteriores, el conflicto estalla. Después de meses de presión, Hadi y su gobierno renuncian en enero de 2015.

Inicialmente Hadi abandona Sana’a y se refugia en Adén, la antigua capital de Yemen del sur y segunda ciudad del país. Pronto se desdice de su dimisión y trata de recuperar el poder, pero en el momento en que los huthies y sus aliados toman Aden, huye a Arabia Saudí y allí pide ayuda al régimen de los Saud, que junto con 9 países árabes suníes (Emiratos Árabes, Qatar, Kuwait, Jordania, Barhein, Sudan, Marruecos, Egipto y Turquía), y el apoyo logístico y de inteligencia de EEUU, Gran Bretaña y Francia, lanza contra Yemen la llamada “Operación Tormenta decisiva” una ofensiva aérea masiva con el objetivo declarado de restaurar el gobierno de Hadi y detener el avance de los Houthis, el movimiento chiita al que acusan de estar apoyado por Irán.

Es el 26 de marzo de 2015, y acababa de empezar formalmente LA GUERRA EN YEMEN.

En realidad, el objetivo principal de Arabia Saudí es frenar la expansión y el poder de Irán en la región, pero su interés va mucho más allá: el petróleo saudí se está agotando y no hay más reservas. El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) había presentado en el 2012 un informe sobre las vastas reservas de gas y petróleo de Yemen en el Mar Rojo y del Golfo de Aden, además de los 3 mil millones de barriles de su subsuelo. Apoderándose de Yemen, Arabia Saudí garantizaría sus reservas de petróleo y gas, y podría hacerse con el control del Golfo de Aden y el paso de Bab-al-Mandeb, por donde circulan diariamente más de 4 millones de barriles de crudo con destino Europa y EEUU. Así evitaría el Estrecho de Ormuz, controlado por Irán.

Los objetivos de EEUU pasan por los pretextos de la lucha contra Al Qaeda mediante su programa de drones (aviones no tripulados) y el respaldo a Arabia Saudí para aliviar sus temores hacia Irán tras la firma del acuerdo nuclear, así como preservar los intereses de Israel en la región, puesto que Bab-el-Mandeb es el único enlace del Mar Rojo con el Océano índico.

Además Occidente quiere impedir cualquier cambio en Yemen que pueda afectar a la estabilidad de Arabia y por ende a la economía mundial. Su interés pasa por neutralizar la cada vez mayor influencia de China en la región, país con el que Yemen había negociado el alquiler de sus puertos como piezas clave en sus rutas marítimas. EEUU, Francia y Gran Bretaña quieren explotar el petróleo de las cuencas Masila y Shabwa de Yemen y proteger así las inversiones occidentales (Total, Hunt Oil Texas, Halliburton, Baker Hughes, o Schlumberger, que trabajan en la zona) quedándose con la producción petrolífera yemení y evitando que lo haga China (que recibía hasta ese momento un 8% del total de la producción).

Y cómo no, la venta de armas. Tanto EEUU como la mayor parte de países europeos (véase España, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Noruega) y otros como Canadá, Brasil o Australia quieren seguir vendiendo armas a un región que se conforma como el principal destino de las armas del mundo. Arabia Saudí es el segundo mayor importador mundial de armas y ningunos de los países nombrados está dispuesto a perder los millonarios beneficios que este negocio conlleva.

Los intereses de EEUU también se relacionan con su imagen internacional. Entrenar a los pilotos saudíes para el correcto manejo de los aviones de guerra reducirá las bajas civiles estadounidenses durante los ataques y evitará la presencia de tropas americanas sobre terreno yemení. Lograrán sus objetivos, pero de cara a la comunidad internacional, “lo habrán hecho los saudíes”.

A partir del inicio de la guerra, todos los intentos de poner fin al conflicto han terminado en fracaso.

Las conversaciones en Kuwait entre los bandos opuestos fracasaron en agosto del 2016. El punto de fricción fue un acuerdo patrocinado por la ONU que propuso un diálogo político entre las facciones en guerra una vez que los rebeldes houthi se retiraran de Sana’a y entregasen sus armas pesadas a un comité militar, formado por Hadi. Los houthis lo rechazaron, insistiendo en un nuevo gobierno de unidad que terminaría con eficacia con el mandato de Hadi. La propuesta de la ONU era en realidad la propuesta saudí…

Otros esfuerzos similares también han fracasado. El 16 de octubre se anunció un alto el fuego de 72 horas, pero a penas si duró unas horas y la la lucha se reanudó tan pronto como transcurrió el período de tres días. Un alto el fuego de 48 horas en noviembre el año 2016 tuvo un final similar.

La solución política no parece próxima y según pasan los meses, la situación se enquista más y más. Hadi ofrece ruedas de prensa en las que informa de que ya han recuperado el 80% del territorio yemení, pero la realidad al mirar en los mapas los avances de los dos bandos es que la mayoría de la población vive en las zonas controladas por los houthis. Gran parte de las zonas que Hadi dice recuperar son áridos desiertos o zonas con muy poca población.  En septiembre de 2015, las fuerzas pro Hadi recuperaron la ciudad de Aden, pero desde entonces, los ataques de las milicias yihadistas se suceden sin pausa, sin olvidar que Aden es el núcleo de las fuerzas separatistas sureñas, eternamente ninguneadas en este conflicto y jamás convocadas a las mesas de negociación (tampoco los representantes de las tribus de diferentes zonas del país) y cuyo objetivo es claro: la independencia del sur. Para ello, hacen y deshacen tantas alianzas como crean necesarias,

El movimiento houthi con sus aliados, los partidarios de Saleh, tienen cada vez más apoyo popular, independientemente de la rama del Islam que practiquen. Gran parte de los yemeníes quieren simplemente que la guerra termine y que Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Occidente abandonen su territorio. En las manifestaciones multitudinarias, el grito en las calles de Sana’a es unánime: fuera el imperialismo, DEJEN DE MATAR A NUESTROS NIÑOS. Stop war.

Esta realidad, que Occidente se encarga de ocultar y silenciar, demuestra que lo que los gobiernos y los medios occidentales intentan vender como una guerra “entre sunitas y chiitas” no es cierto. Dejó de serlo en el momento en el que el conflicto se internacionalizó, y Occidente entró de lleno en la guerra, con sus negocios e intereses propios.

Por ahora la violencia parece que va a continuar. Al mismo tiempo, el país se enfrenta a una crisis humanitaria de proporciones extraordinarias que el bloqueo de los puertos y aeropuertos del país por parte de Arabia Saudí y sus aliados exacerba día a día. Yemen se ha convertido en un infierno de proporciones bíblicas del que es casi imposible salir. No veréis refugiados yemenís en las costas europeas, no llegan, no existen. El bloqueo y ser uno de los pueblos más míseros del mundo, lo impide. Nadie tiene el dinero para pagar a las mafias, nadie piensa que Europa sea la panacea. Ellos antes emigraban hacia los países árabes que ahora les bombardean, o hacia Djibouti, Somalia, Etiopia… Ahora, ni eso es posible.