
El “novio” de Amal les había prometido que no la tocaría hasta que fuese mayor, pero que si se casaba ahora, podría educarla a su gusto y ayudaría a su madre en las tareas del hogar, la limpieza, el cuidado de sus hermanos pequeños. Así que se fue a vivir a este pueblo desconocido, en una casa desconocida, con una familia desconocida, y con un hombre que debía llamar “esposo” y que desde el primer minuto le dio terror. Al poco tiempo ya tenía una niña, Fátima, y luego vinieron un niño, Mohammed y una niña más, Abeer.
Amal se prometió a si misma que sus hijas nunca pasarían por el infierno que ella había vivido. Lucharía por ellas, para que tuviesen una infancia feliz, pudiesen ir a la escuela, estudiar, crecer y casarse cuando fuesen lo suficientemente mayores para entender lo que hacían. Le costó sudor y lágrimas lograr que su marido permitiese que sus dos hijas fuesen a la escuela y, durante algunos años, lo logró.
Pero entonces, en el 2015, llegó la guerra y el marido de Amal lo perdió todo. No tenían dinero para comer, menos aún para llevar a las niñas a la escuela y comprar libros. Fátima tenía 9 años. Abeer 6. Las sacaron del colegio para ayudar en las tareas del hogar, a buscar agua. Muchos días el padre las mandaba a pedir por las calles, y a veces Mohammed, de 8 años, iba con ellas.
La idea de casarlas para tener menos bocas que alimentar y lograr algún dinero empezó a ser un tema recurrente en casa. Amal estaba aterrorizada. Pero de repente, un día, una de las profesoras de la escuela de las niñas vino a visitarla. Le explicó que una ONG llamada Solidarios Sin Fronteras se encargaría de alimentar a Fátima y Abeer si volvían al colegio. Que allí podrían estudiar, tendrían agua potable, jugarían con otras niñas. Amal tuvo que discutir y discutir con su marido, aguantó gritos, amenazas, pero las niñas empezaron de nuevo a ir al colegio. La vida de las dos hermanas acababa de cambiar.